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sep 08
2010
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La mierda de morirEscrito por: Natalia Pulido Jiménez el Sep 08, 2010 Etiquetado en: "Sí", el periódico de los inmigrantes
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Le encantaba el teatro y presumía entre sus nietos de la letra tan bonita que tenía.
¡Menuda caligrafía que tengo!, decía, y todos nos reíamos a carcajada limpia.
Cuando era pequeña y llevaba mis deberes del colegio, él era el encargado de supervisar que la tarea se estaba realizando correctamente y, por supuesto, de que todos sus nietos sentados a la mesa del comedor hacían las cuentas con el lápiz cogido en la mano derecha. ¡Vaya disgusto escribir con la izquierda!, era casi pecado. Ahora todos los primos somos diestros gracias a él (aunque no tenga ninguna importancia hoy en día).
Era la persona más fuerte de todo mi mundo y estos meses atrás he pensado que tal vez fuese un efecto óptico, es decir, la mirada entonces era la de una niña de seis años que se agarraba a la “bola” del brazo del abuelo creyendo que a su lado nadie podría hacerle daño. No sé concretar el tamaño de aquel músculo pero la protección que he sentido siempre con él no era un acto de fe, era la realidad más grande.
Con el tiempo aquel bíceps se fue arrugando y yo, ya más mayor, me iba triste de su lado intentando encontrar una solución a ese deterioro.
También le encantaban los toros. Bajábamos a la plaza del pueblo en fiestas porque había corrida y nos sentábamos en las maderas casi los primeros, con un pañuelo en la cabeza lleno de nudos para que se sujetase bien a mi pelo y a su calva.
Con eso evitábamos volver a casa con toda la cabeza llena de pipas que tiraban los del tablao de arriba. Se las sabía todas.
Cuando crecí conseguí unas entradas regaladas para ver una corrida en la madrileña plaza de toros de las Ventas. Ilusionada corrí a contárselo y a invitarle a ir conmigo a una tarde de rejones. Me puso la excusa de que no le apetecía ir a la plaza, que los veía mejor en la tele porque mi padre le había puesto Canal Plus.
No entendí porque no quiso acompañarme con la devoción que tenía a ese evento taurino. Tardé en comprender que cuando uno ya se siente mayor, lo que no puede hacer se convierte en un “no me apetece”. Pero siguiendo este método consiguió su objetivo: no preocuparme. Se mantenía en el papel de abuelo fuerte al que podía acudir si tenía cualquier tipo de problema. Él lo solucionaría todo siempre. Pero ese “siempre”, por mucho que quisimos los dos, no fue eterno.
Hoy vuelven, como cada año, las fiestas de mi pueblo y a la salida del trabajo correré para llegar a la mejor noche de los festejos, el día de la Virgen del Castillo.
No pensé nunca en comenzar mi blog de esta manera pero me he propuesto escribir todas las semanas y como mejor sé hacerlo es con y desde el corazón.
Era uno de los actores de la compañía de teatro del pueblo, luego dejó de ir a los ensayos porque tenía que atender las labores del campo y cuando se quiso dar cuenta, estaba en Madrid donde sólo le daba tiempo a trabajar. Por eso me llevaba al teatro cuando era una niña, en esos años ya era un abuelo con más tiempo para todo, con más tiempo para la vida. Desgraciadamente, también eso se le acabó.






