Dicen que existe una tierra prometida, más allá del horizonte, lejos, parece, dónde la gente se mira a los ojos sin apartar la vista, sin vergüenza, sin acritud. Dicen también, aunque con la boca mucho más pequeña, nadie sabe por qué será, que en ese lugar los orfebres trivializan en amigables charlas sobre el significado de las inscripciones en las lápidas, y los belitres, en vías de extinción, redimen sus pecados cubriéndose los ojos con pecina hasta llorar sangre: por no ver la dicha en los rostros de los penitentes: todo vale para un felón: mancillar con sus cochambres los resquicios del mundo. Palabrería vana: ¿dónde?, ¡¿dónde?! Mi mundo es pequeño, y lleva una chaqueta de cuadros verdes. Sonríe. Sonríe siempre. Y me mira curiosa y altiva, naricita arriba casi a ras del suelo. Ella es un lazo sobre la cabeza de Blancanieves. Es un pirata de bigote rotulado, casaca y sombrero imaginarios. Ella es la princesa, es la rana, el final de cuento, y el albor, el delirio y la prosa. Salta sin parar, empujada por una inexistente comezón. Y habla palabras que nadie entiende, en contextos que nadie entiende. Y se emboba cuando debería comer. Mi mundo es mi paraíso. Y en él se dan cita mis conmociones. ¿Palabrería vana?, ¿horizonte lejano? Cada cual encuentra su tierra prometida. Pero hay que saber buscarla. Como las motivaciones. Hablé de motivaciones: y recibí un completo listado truncado: "no quiero sucedáneos, no podría conformarme. No quiero nada práctico, es aburrido. No quiero un contigo pero sin ti. Lo quiero todo": a mi me motivas tú. Ahora tú. No recuerdo que me motivó ayer. No puedo adivinar que lo hará mañana. Ni quiero. Aquí. Ahora. Forman parte de mi mundo. De mi pequeño mundo. Todo lo demás es fútil, vacuo, insustancial. Todo lo demás en una inmensa nada.